Dicen “La Habana se muere” y los turistas corren a despedirla

Todos los días se aparece uno. Por lo general, en la puerta de mi edificio. Algunos entran y suben la escalera hasta el tercer piso. En inglés o en español, preguntan lo mismo: ¿tiene habitación? Una vez más, La Habana no sabe dónde meter a tanto turista recién bajado del avión y sin reserva, que se apresuró en llegar a Cuba antes de que las divisiones aerotransportadas llegadas del Norte arrojen al Enemigo, o sea, al turista estadounidense y toda la parafernalia que lo persigue, para que se sienta como en casa hasta en el lugar más recóndito del planeta. Desde hace dos años, la moda cubana y su bendito tsunami turístico se levantan cada mañana para  la venta mayorista de un mito: La Habana Vieja y sus vetustas estructuras serán lanzadas al fondo de la bahía por los flamantes rascacielos a erigir en homenaje al 17 de diciembre. O que los personajes de Pedro Juan Gutiérrez dejarán de reproducirse como conejos dentro de las románticas ruinas de Centro Habana, fijando residencia permanente en alguna modernización aparecida por sorpresa, pagada solo Dios sabe por quién.

Así que hay que darse prisa para ver La Habana marchita, antes de que la Oficina del Historiador de la Ciudad raspe décadas de hollín y encuentren debajo el color damasco de los edificios. Y en algún show humorístico, el actor Luis Silva encarna su personaje Pánfilo y pregunta si el pan de las McDonalds también lo traerán de Estados Unidos. 

Take it easy, my friend. La Habana, a cuenta de Eusebio o del último emprendedor aliado con el cemento y el polvo de piedra, esa Habana paciente, no tiene prisa en cambiar su cara.

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