Fidel

En agosto de 2016, Fidel Castro cumplió noventa años con suficiente lucidez para pronunciar un discurso, recibir dignatarios de cualquier parte del globo o echarle en cara a otro presidente de los Estados Unidos que no sabía nada de Cuba.

Alcanzó una década más de la prevista por los escritores de obituarios que afilaron los lápices la noche del 31 de julio de 2006, lo que son tres mil y tantos días con sus noches y los rumores que entonces daban al Comandante por muerto.

Recientemente, las rutinarias expectativas acerca de su pulso fueron sustituidas por sospechas de reapariciones públicas o mediáticas. En 2016, ya no se preguntaban cuando se acaba Fidel, sino cuando reaparecería…y diciendo qué.

En sus últimos años, Fidel trascendió los dilemas del presente de su propio país para hablarle a la isla y al mundo, como interpretó correctamente el periodista estadounidense Jon Lee Anderson en su reseña para The New Yorker acerca la clausura del VII Congreso del Partido Comunista de Cuba, cuando el Comandante evocó los peligros de la carrera armamentista, el calentamiento global, los riesgos de escasez futura de alimentos y agua debido a la destrucción medioambiental.

El Comandante en Jefe de la Revolución Cubana, Fidel Castro Ruz, en una foto tomado el 8 de septiembre de 2004.

De Fidel Castro se habla (y se hablará) con el mismo amor que Marco Antonio elogió en Roma a Julio César y con un desprecio similar al que sentía Cicerón por el hombre que se atrevió a cruzar el Rubicón. Dos mil años después, el ciudadano común y corriente sabe que hubo alguien llamado Julio César, sin preocuparse demasiado en qué pensaban sus contemporáneos (partidarios u opositores) acerca de él.

Los detractores del Comandante harán el ridículo de celebrar su muerte natural, como si ellos mismos fuesen inmortales. La satisfacción de los insatisfechos. Fidel, que será venerado mientras haya un palmo de tierra sobre el mar Caribe que lleve el nombre de Cuba, no les dio en vida ningún chance o motivo para tanto alboroto.

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