Notas dispersas sobre el periodismo (I)

El 7 de julio de 2016 comencé a escribir un texto en El Almiquí Político acerca del oficio periodístico. Entonces, lo dejé incompleto. A mi parecer, continúa incompleto. No le he agregado ni una línea. Solo he borrado una oración para que los lectores con menos afecto hacia mí no presionen la tecla ‘Print Screen’ y lo adjunten a algún correo electrónico con destino a instancias desconectadas de la red, pero bien atentas a mí, donde sí me tienen cariño y preocupo por amor. Publico esto porque quiero recordar cómo eran las cosas hace solo cuatro meses atrás.

Investigar y luego contar. O exponer una posición política. Dos nociones acerca del periodismo que coexisten en paz, a menos que alguien pongan a pelearlas. Un buen reportaje hecho fuera de la prensa masiva es considerado una declaración política de su autor. Un equivalente nacido en las redacciones nacionales, con los tecnicismos correctos y la precisión institucional, puede ser visto como un comunicado político o un ejercicio pobre del oficio.

Algo similar ocurre con las  llamadas notas oficiales o informativas. Un funcionario con buenas intenciones puede cometer el error de pensar que la opinión pública es capaz de interpretar y sacar mayores conclusiones a partir de determinadas palabras claves ubicadas en el texto redactado o aprobado por él.

De uno de los extremos, exponer hechos será visto como un ataque o una exaltación. No existe una escala de grises. Es blanco o negro. Difícilmente se comprenderá la percepción de un ataque moderado o un homenaje crítico. La objetividad no existe. Todo tiene intencionalidad, por presencia o ausencia.

La imaginación conspira a toda máquina.

Del lado contrario, la información puede llegar a fluir sin un compromiso político claro. El ejercicio diario del respeto a la precisión institucional es visto como poco profesional y hasta como un acto de mediocridad personal. La moda en las redes sociales es burlarse y demeritar a la prensa nacional y sus periodistas.

 

 

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