Martí debajo del mármol

José Martí pudo haber pasado el resto de su vida en la comodidad de una embajada, en la cátedra de una universidad de cualquier país latinoamericano o escribiendo cómodamente para un periódico. Inteligencia le sobraba para vivir del cuento, como hicieron después de 1902 tantos de sus contemporáneos menos brillantes, que lucharon por la independencia y luego se aprovecharon de ella para exprimir al país.

En lugar de gozar de los placeres de la vida intelectual, Martí se pasó buena parte de su corta existencia persiguiendo el sueño de una Cuba libre de España. La integridad y sacrificio de un hombre así es un diamante en medio de la negrura que dejaron en la historia nacional todos los oportunistas y vividores que por hábito tienen una veleta en el lugar del cerebro donde otras personas guardan su ideología.

Generaciones de cubanos estudian o leen de pasada un resumen de su biografía. Los detalles no llegan para la mayoría. En la imaginación de muchos, Martí queda como un monumento, no como un ser humano más, una persona que sufría y sentía, y que pensó más en un proyecto de país que en si mismo.

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