La disidencia turística de John Kerry

El cargo de Secretario de Estado se quedó donde dejó el saco y la corbata. Durante unos minutos, John Kerry caminó como un turista más por La Habana Vieja, con un guía de primer nivel, examinando cajas de tabaco o mirando con una expresión casi infantil el interior de un clásico automóvil estadounidense (un Chevy, como lo llamó en un comunicado publicado antes de su viaje).

Luego abandonó la ciudad y se trasladó hasta la Finca Vigía para presentar sus respetos a las reliquias en que han convertido los objetos que Ernest Hemingway dejó en la casa donde describió una parte del carácter nacional cubano cuando terminó “El Viejo y El Mar”.

Me gusta pensar que la política exterior estadounidense debería tener en cuenta la tozudez narrada en ese relato, pues así su acercamiento a Cuba sería más pragmático, sin expectativas de abrirle una brecha a la obstinación criolla).

No sé qué habrá pasado por su mente bajo el techo de Hemingway (¿la casa habrá sido nacionalizada?) o cuando se sometió a la tiranía tropical del sol de agosto en el Plaza San Francisco de Asís. Al menos se puede presumir que el calor le provocó sed o alguien tuvo la cortesía de sugerirle que se tomará una limonada fría en el cercano Café del Oriente.

Si compartió con los periodistas sus impresiones acerca del Hotel Nacional. “Es un hotel histórico”, dijo en la conferencia de prensa, mientras pedía disculpas por haberse demorarse explorando uno de los salones de la edificación.

El historiador de La Habana, Eusebio Leal, muestra una caja de tabaco al Secretario de Estado norteamericano John Kerry.

 

John Kerry refresca con una copa de limonada, en compañía del Embajador Jeffrey DeLaurentis, encargado de negocios de Estados Unidos en Cuba, y de Eusebio Leal, Historiador de La Habana.

 

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